sábado 26 de septiembre de 2009

Vidrio Roto



Me gustan las tardes lluviosas como hoy; me gusta cuando mi perra se acuesta en el borde del sillón a dormir; atrás la ventana, la cortina abierta y el mundo cayéndose a pedazos. Me gusta fumar a escondidas y abrir un libro y encontrar espejos interminables.

Hoy que desperté quise con todo el corazón poder conocer a Sabato algún día; pensé en como me he convertido en un ser auto destructivo. Soñé minutos antes con un brazo cortado por un vidrio roto y días después cuando la herida apenas sanaba ese mismo brazo era cortado por miles de vidrios más.

Miré el suelo al despertar, en él un espejo roto, mi rostro difuminado en miles de rostros que se multiplicaban en los cristales: algunos tuertos, otros en silencio, algunos mirándome. Las gotas de sangre que caían iban pintando un cuadro. Mi alma se rompía, prometí no llorar más; observé de nuevo la ventana y vi el cielo que terminaba de desaparecer y sólo quedaba un vacío rojo, desgarrado por las mismas manos de Dios.

domingo 13 de septiembre de 2009

Sirena

“Sirena”
Davo Valdés de la Campa

Recomendación: Leer escuchando "I Put a spell on you" de Nina Simone.

Ésa voz tuya: mágica, hechizante, aquel canto que me atrajo como las sirenas a los marinos para devorar sus cabezas. Estoy encadenado a tu merced, enamorado de tu figura alada. Embrujado y loco, así estoy desde tu primera visita a mi desértica alcoba. Perdido entre las sábanas blancas, que como nubes flotan entre el silencio y la tensión de tus labios y mi oído. Tu piel acariciando la mía, forma un eclipse de colores y esencias que reflejan la luz de la luna imaginaria en el espejo. Comienzas a tararear una melodía, mi espina dorsal se eriza y siento en la nuca como se desprende la soledad de mí para ir a jugar al patio y así mientras cantas puedo probar tus sabores y sentir tus manos entre mi cabello. Me voy quedando dormido a tu lado con la certeza de que no estarás la siguiente mañana. El miedo se apodera de mis brazos y comienzo a temblar. Si tan sólo pudiera tocarte siempre y escucharte podría ser feliz eternamente.

Una sonrisa coqueta se escapa de tu blanco rostro, hermoso pero malévolo. Sé que puedes leer mi pensamiento y que puedes descifrar lo que dentro de mi pecho intenta escapar, sabes que tu cabello rojo danza al viento y bajo el ritmo de tu caminar me transporta al interior de tu alma. No necesitamos palabras porque entiendes lo que realmente soy, y yo aunque no recuerdo haberte conocido, mientras pasan las noches y las elipsis de la vida junto a mí, creo amarte más y creo reconocerme menos en el espejo. Siento que poco a poco me desvanezco, que muero cada vez que te beso y entre abrazos me robas el aliento; Y sin embargo la muerte no es triste. Experimento tantas cosas cuando mi alma entra en tu cuerpo y como hechizo se enjuagan las heridas del pasado y los lamentos se convierten en alegrías. Los minutos que compartes conmigo son escritos en el techo, el océano de estrellas impregnadas en él. Nuestro barco zarpa desde mi ilusión hasta la sensualidad que desprendes al bailar con los dedos de tus pies tras cada orgasmo y parpadeo de la noche.

Mientras sigo escuchando tu canto, lejano, me aferro a tu cintura, a la idea de no perderte nunca y navegar por nuestra cama durante todos los segundos del infinito. Sin embargo, como cada noche, al despuntar el alba, al colarse los primeros rayos de sol por la habitación, tu alma se desprende de tu cuerpo y viaja a donde los muertos se esconden, donde el incienso es permanente y el camino es custodiado por cuervos ciegos. Qué dolor y desesperación esperar la noche y con ella tu llegada, bella súcubo, fantasma de mis fantasías. Mientras el infierno encadena tus mañanas yo guardo tu cadáver putrefacto bajo la cama.

miércoles 2 de septiembre de 2009

La Casa de la Infancia.



Este relato es parte del que será mi primer libro de cuentos "Sopor Aeternus". El título aún no es el definitivo. ¿Qué les parece el relato?

La casa de la infancia
Davo Valdés de la Campa.

Grité -¿Hay alguien ahí?- Tan sólo me respondió el sonido de las hojas secas volando en el viento. Sabía que nadie contestaría pero me pareció gracioso preguntar de todos modos. Carolina apenas se bajaba del coche y, además de mi risa, nada se escuchó. Era una casa muy grande, su fachada de color verde crecía ante mis ojos como una criatura viva que parecía respirar. Afuera, un patio destruido era cubierto por hierba y basura. Me asomé por una ventana; adentro se alcanzaba a vislumbrar una fuente sucia y sobre sus aguas quietas una especie de fango acuático formaba una plataforma parda. El sol se esfumaba del cielo y sus rayos moribundos se colaban por el techo roto y las ventanas sin cristales. Entré por la puerta, no estaba cerrada y de haber tenido llave no hubiera sido difícil derribar la madera apolillada. La hierba se extendía por los cuartos y las paredes. Escuchaba incluso algunos pájaros cantar en algún lugar, en alguna habitación. Tanta vegetación formaba una atmósfera húmeda en el interior, de pronto sentí frío. Volví a preguntar si había alguien: silencio, presión en el pecho, ganas de llorar. Un grillo cantaba en cierto rincón de la casa. La noche estrellada se posaba en el cielo y cubría los cuartos de una profunda oscuridad. Prendí un apagador pero el foco sólo encendió para fundirse inmediatamente. Tuve la impresión de que tosía enfermo y moría. Carolina me buscó entre las sombras y tomó mi mano. Intenté la misma acción en otro cuarto y el foco tardó en prenderse pero lo logró iluminando lo que había sido en otra época mi habitación. Nos vimos de pronto, no sonreíamos, estábamos cansados del viaje y ella no tenía intención de quedarse mucho tiempo, ya era tarde y había que conducir de regreso al hotel a varios kilómetros de distancia.

-Ya no volverán los trenes- Fueron las primeras palabras que dijo mi padre antes de anunciar que nos íbamos a la ciudad. Yo lloré mucho aquella noche. Las minas ya se habían agotado años atrás y era difícil encontrar oro o cobre, todo estaba cerrando, todos se iban, ya no había trabajo aquí, por lo tanto, ya no se podía vivir. Mi padre tardó unos años en decidir marcharse, pero el hambre lo empujó a tomar la decisión y abandonar su pueblo amado. Recuerdo cómo desde mi cuarto veía las luces de las casas apagarse en las noches para nunca encenderse de nuevo; miraba cómo sus habitantes se iban marchando poco a poco en las madrugadas con aquel cielo rosado que se posaba en el horizonte con unas nubes grandes antes del amanecer; todos se iban sin mirar atrás y se llevaban un poco del pueblo hasta que se quedó vacío- Me sentí estúpido al contarle la historia pero después me percaté que ella husmeaba en el baño y no me había escuchado del todo.
¿Me escuchaste? Pregunté un poco molesto. Vi su expresión de asco escondida tras su sonrisa comprensiva. Quiso fingir que la historia le inspiraba ternura, pero lo cierto era que no le interesaba en lo más mínimo.

Teníamos cinco años de casados, hacía no más de cuatro días que decidimos visitar la casa de mi infancia; hasta entonces Carolina no sabía de la existencia de ella y emocionada quiso conocerla. Al llegar al lugar fue evidente su desilusión: pisaba con extremo cuidado el suelo gris, decía algo sobre los bichos y los mosquitos y miraba casi obsesivamente su reloj, tenía una urgencia por irse.

Se sentó a mi lado en un viejo catre. Me tomó de la mano, yo me quedé quieto intentando reconstruir la habitación, lentamente ella quitó su mano y se quedó viendo la pared. Afuera el viento seguía soplando: sólo aire y silencio. –Qué casa tan grande ¿aún sigue siendo de tu familia?- preguntó Carolina casi susurrando como si temiera que alguien nos escuchara. –Cuando nos fuimos, dejaron de pasar los trenes por acá y nunca pensamos en regresar, ésta casa se convirtió en algo triste que ya no se mencionaba ni en las comidas familiares- Le decía esto mientras en mi pecho se congelaba el corazón. Ella parecía no escucharme de nuevo. Seguía viendo las paredes, buscando algo que seguramente no iba a encontrar. De pronto, escuché las primeras gotas de lluvia cayendo sobre el techo de lámina. Carolina dijo con cierta desesperación que debíamos irnos. La miré a los ojos, el foco empezó a parpadear. Estaba ella parada frente a mí con sus bermudas marrón y su blusa azul. La luz flaqueaba y de pronto sentía a Carolina borrosa, lejana, como un fantasma. No quería ir con ella, quería estar solo con mis recuerdos. Le dije que se adelantara al hotel, que yo caminaría al día siguiente hasta allá. - ¡Estás loco, está muy lejos!-,
-sólo vete-. Respondí fulminante.

Ella salió iracunda. Permanecí sentado en el catre oxidado. No escuchaba que afuera ella prendiera el coche y se marchara. La lluvia se apagó un momento y el silencio invadió de nuevo la atmosfera. De pronto, escuché el sonido de un tren venir. Me asomé por la ventana y alcancé a ver una luz hacerse más grande, sorprendido me tallé los ojos. Al abrirlos de nuevo no vi más que el monte como una sombra gigante e inmóvil en el horizonte. Escuché el motor del coche encenderse. Corrí a la puerta: Carolina se iba. Se llevó todo: la casa, el automóvil, la patria potestad de los niños, todo menos los recuerdos del tren despertándome en la madrugada, haciendo vibrar el suelo con su caminar sobre las vías y pitando para anunciar su llegada al pueblo. Ese recuerdo se quedó ahí conmigo en la casa de mi infancia: con la lluvia que volvía a caer y mojaba los cuartos y las hojas del árbol que se apoderaba de la ventana; junto al viento que mecía el agua de la fuente y las estrellas que alumbraban débilmente el suelo gris.
Después, silencio...

jueves 6 de agosto de 2009

Dos poemas: El Dios-Bosque y La Bestia Alada

El Dios-Bosque

Bosque-árbol de ramas de fuego.

Lobo-fantasma, que camina entre llamas.

Dormía con los ojos quemados

¡A ti te ruego!

Eco de muerte,

Las voces de los torsos alados;

Alas que parecen trigo,

¡Qué desgraciada suerte!

Entonces el árbol dice:

“He venido a verte y soñar contigo.”

Y yo sólo pude llorar cenizas,

Pude sentir la muerte nacer en mi risa.



Vi a Dios, meciéndose en las ramas.

Lo vi en mi soledad y en mi tormento.

Lo vi escondido entre la piedra que amas,

En el suspiro del venerado momento.

Lo vi salir como serpiente escurridiza.

El árbol ahora sólo se reía (reía como el viento congelado)

Y mis ojos quemados, humo-dolor, murmuro enterrado.


Abrí los parpados:

Miré dentro del fuego, dentro de mí y entre los largos dedos del sauce.

¿Quién duerme dentro del sueño y sueña que nace al morir?

El humo siguió su cauce;

Miré dentro del fuego, sentí la llama salir,

Y descubrí que mi ojo-fósil nunca podrá vivir.



La bestia alada.

I

Las cortinas se esfumaron con el fuego.

Las ventanas cubiertas en sombra de tizne.

Mis ojos mirando la luna, luego,

Mirando la penumbra

Espesa, luego, retumba.

Soñando con el vuelo de un cisne.

Cisne que es sombra, cisne que es bestia alada.

Cisne que duerme en el fondo de mi almohada.

II

Las sombras del árbol crecen,

Son fantasmas que se multiplican.

Son ramas mortecinas que duelen,

En el cantar que se escucha en sus raíces.

III

Se desdobla la noche,

El cielo sangrante,

Se escuchan frenados de coche

Reina la luna menguante.


Gritos, lejanos, alaridos de dolor.

Una llamarada ilumina la noche,

La habitación de pronto se llena de color.

Pienso en navidad, en un buen ponche.


El cristal se derrite en mis manos.

El calor me abraza, quema.

Los esfuerzos del sueño son vanos.

El fuego consume y rema.


Navega por mi cuerpo,

Consume mi tormento,

Naufraga en ningún puerto

Y suspiro sólo un momento


El fuego se extiende por los techos. El frío de la noche se pierde entre llamas y el hambre se convierte en cenizas y polvo que el viento se lleva lejos, lejos, me voy lejos y me pierdo en el graznido del cuervo.

Despertaré algún día y no sabré qué soy porque estoy en todo: en el recuerdo de un incendio helado, en el tizne que sombrea las paredes. En el calor incesante que exprime, estaré en el dolor que lloran las mujeres y sólo ellas, porque nacen siendo sirenas y podré mirar con ventanas de luz, con pulcritud a los ojos de aquel que sólo condena.

Yo soy la ventana, el fuego que se borró de la habitación pero que dejó su aroma de muerte y piel quemada. La ventana, el aroma, la puerta: serán por siempre mi epitafio, mi tumba, mi nocturno cobijo. Mi morada y yo estaré en las garras de la bestia alada.


Son dos bocetos aún. Ya he corregido algunas cosas, pero es una prueba. Lo envié a una gaceta cultural en Cuautla y al parecer saldrá publicado en Agsoto.

sábado 25 de julio de 2009

Regresamos

Entre viajes y letras pérdidas no encontré el tiempo para dejar plasmado aquí los relatos del viento. El viento es quien carga las historias y con el silbido precoz las arroja dentro de la mente del artista. Ya he escrito bastantes. Mañana iniciamos esta segunda etapa de mini-ficciones y pequeños poemas.

Perdón por el abandono.

P.D. En el oficio de escrito y más para uno que empieza la labor de corrección es muy importante y laboriosa. Por lo tanto he estado trabajando en cuentos viejos ya publicados acá. Pueden ir leyendo las correcciones en cuanto deseen. Además sigo recibiendo comentarios con sugerencias y criticas y eso me encanta.

Nos leemos

martes 23 de junio de 2009

Carta a los Reyes Magos.

Queridos Reyes Magos:

Este año he sido muy buena niña. En la escuela salí muy bien y en casa ayudo a mi mamá. Sólo quiero pedir una cosa esta ocasión. Quisiera pedirles, que mi papá ya no tome cerveza por favor. Eso me haría muy feliz.

Atentamente: Lupita.

lunes 15 de junio de 2009

Femme Fatale



Femme Fatale
Davo Valdés de la Campa

La veo salir rumbo al balcón. Esta harta de todo. De la multitud y el tedio de fingir. Lo puedo notar en sus ojos verdes, en sus labios carmesí. Se escabulle por la puerta y se interna en el frío de la noche. Yo también estoy cansado y aburrido de la fiesta. La sigo con la mirada y la veo temblar con el roce del viento. Me termino mi Martini de un trago. Camino rumbo a la terraza sin perderla de vista. Me tiene hipnotizado. La parranda avanza sobre mis pasos: escucho lejanas las copas que se unen en brindis repetitivos y las risas de hipócritas y monos vestidos de smoking. Ella esta recargada en el barandal. Su espalda descubierta, bronceada. Su cabello rubio ondulado. Esta mirando el horizonte. Parece inquieta, atenta y hastiada del mundo. Parece la última hoja de un árbol famélico. El sonido de mis pasos la estremece. Intenta disimular que no me escucha venir. Su vestido rojo danza con la brisa nocturna. Me acerco y me detengo detrás de ella. Puedo oler su perfume.

Pienso cómo empezar la conversación. ¿Será prudente decirle que la amo, sin ser tomado como un loco? ¿Querrá un cigarro? ¿Qué será lo que busca entre las calles silenciosas pero mortales de la ciudad? ¿Qué puede haber en el horizonte que la obligue a mirar sin parpadeo alguno? Lo único que quiero es sexo fácil. Sonrío, ella voltea con una lentitud casi fatal. Veo sus ojos; estrellas de la mañana, una última vez más. Distingo la sombra de un hombre en el edificio de enfrente escabullirse entre la oscuridad y de pronto una ráfaga de luz diminuta se aproxima a toda velocidad. La sombra desaparece como un fantasma felino. Ella esta tirada en el suelo. Escupe sangre y se arrastra hacía la luz. Su piel brilla, su mirada ya no es la misma y sin embargo, me parece más hermosa que nunca. Su sangre se confunde con el vestido. Un disparo al estómago. Le digo que todo estará bien. Se va, tan suave y tersa. Cierra los ojos, parece no pesar nada. Su alma se ha fugado. El disparo final fue casi un lamento silencioso, casi inexistente de no ser por aquel ángel muerto en el balcón entre mis brazos. La conciencia regresa a mí y me percato de la encrucijada en la que me encuentro: una mujer muerta en mis manos. No hay arma homicida, no hay asesino. Mis huellas en su cuerpo.

Después de entrar al salón de nuevo, me limpio el sudor y le indico al mesero que en el balcón hay una mujer ahogada de borracha. Salgo a toda velocidad y me lavo las manos en la fuente del hotel. Veo a lo lejos luces azules y rojas uniéndose al sonido de la ambulancia que se acerca a toda velocidad. Arriba se escuchan gritos. La fiesta se terminaba trágicamente mientras yo caminaba solitario rumbo a mi departamento.

Inspirado en "The Costumers always right" de Frank Miller.